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Podría decirse que Teresa y Celestino, de origen pepel (una de las muchas etnias presentes en Guiné), representan al común del pueblo guinense. Al igual que sus coterráneos, ambos son de condición muy humilde, de ninguna educación la mujer y de poca el hombre, y con mucha suerte, un trabajo de supervivencia para alguno de los dos.
En 1994, cuando concibieron a la que sería su segunda hija, Label, ellos vivían en N'cuha, una región ubicada en el centro de la capital Bissau, en una típica vivienda hecha de bloques de barro y techo de paja.
A los pocos meses de su embarazo, Teresa empezó a sentir serios malestares, por lo que, en procura de ayuda, decidió visitar a una jambakú (bruja). La sesión espiritual mostró que Celestino, el marido, tenía pacto con un irán (demonio) y por ello la salud de la bebé en gestación estaba en peligro.
En apariencia las predicciones se cumplieron, pues aunque los primeros días de nacida todo parecía marchar bien, pronto extrañas convulsiones empezaron a azotar el cuerpo de Label. Esto desencadenó de inmediato el temor y el rechazo de todos, comenzando por su padre, sus parientes y hasta los vecinos en la tabanca. Para ellos, la maldición del irán había caído sobre la familia.
Celestino no tardó en marcharse de casa, él no quería tener complicaciones de ningún tipo, por lo que retornó a donde sus padres. Mientras tanto, las convulsiones de la pequeña se tornaron frecuentes y todos a su alrededor señalaban con desdén a la "pecadadora". Nadie la quería cerca, ninguno tenía contacto con ella, todos le tenían miedo, miedo al "demonio". Y es que en esta tierra africana, aquellos que osen cuidar a uno de estos niños corren el riesgo de ser azotados por la furia del irán .
Así, el único cuidado que Label recibía era el que su madre le daba antes de salir a la calle a ganarse el sustento y luego por la noche, a su regreso. Durante el día la niña permanecía olvidada en uno de los cuartos de la vivienda, pues sus abuelos, sus tías y demás familiares que vivían allí (tal y como es la costumbre en este país), se negaban a darle la mínima atención.
Los meses pasaron y a duras penas Label logró dar sus primeros pasos y con ello salir de su encierro. Totalmente a la deriva, ella deambulaba de un lado al otro en la tabanca, sin ropa alguna, sucia y maloliente, comiendo los desechos tirados por ahí, y siempre víctima de los ataques epilépticos. Entonces la alarma de los vecinos aumentó, ya que no querían a la "pecadora" cerca de sus casas pues temían el daño que pudiera sobrevenirle a sus hijos o a ellos mismos. Era preciso, por tanto, llevar a Label al jambakú para determinar por fin si se trataba o no de un irán encarnado.
De viaje a la playa
Así las cosas, mortificada por sus fantasmas internos y asediada por los habitantes de la aldea, Teresa finalmente tomó "valor", envolvió a Label en una sábana y la llevó hasta los jambakús, a quienes les entregó el dinero que a duras penas logró reunir para pagarles sus servicios.
Ese mismo día se pusieron en camino hacia la playa de Mansoa, a una hora de distancia en transporte público, y una vez llegados allá, los brujos le pidieron a la madre que se regresara a su casa. Ella, sin embargo, se quedó escondida tras unos árboles para observar la terrible escena que en poco tendría lugar: los jambakús tomaron cuatro estacas, las clavaron en la arena y ataron a éstas las frágiles extremidades de la niña, mientras ésta lloraba de angustia, sin saber lo que pasaba. Ahora, todo estaba en manos de los espíritus. Si la marea alcanzaba a Label y se la llevaba consigo, entonces era un hecho que el irán , convertido en culebra, se había internado en el mar y la familia de Label quedaría libre de la maldición. Pero si el mar solo la ahogaba sin llevársela, entonces significaría que efectivamente había sido una niña, un ser humano y no un demonio, y con ello sus parientes recuperarían la aceptación social.
Pero no sucedió ni lo uno ni lo otro. El Dador de la Vida tenía otros planes, supremos y absolutos , para esta criatura. |
Llanto de resurrección
Pronto el sol calentó con fuerza. Hacía mucho ya que no se escuchaban los gemidos de Label. Los jambakús se acercaron para cerciorarse de su muerte y al mismo tiempo que ellos salió de su escondite la madre, quien al verla sintió pánico e insistió en llevarla a casa a fin de decir que la había encontrado muerta en el cuarto. Los brujos procuraron disuadirla, asegurándole que era preciso arrojarla al mar para aplacar la furia de los demonios, pero ella se negó y se puso en camino con su hija fallecida.
Estando cerca de la aldea, súbitamente Label empezó a respirar y a llorar. Teresa se asustó tanto que la puso de nuevo en el cuarto y corrió a contarle lo sucedido a Sara Quinta, su prima, a quien le dijo además que tendría que contratar a los jambakús para hacer otra vez el ritual.
Quinta, que ya entonces conocía a los misioneros de Casa Emanuel, sintió compasión por la niña y decidió hablar con ellos en un intento por salvarle la vida. Sin perder tiempo alguno, Isabel entonces se dirigió a la casa de Teresa y le pidió que le entregara a Label, caso contrario informaría a la policía de todo lo acontecido. Sin más ni más y pensando que se había liberado del demonio al traspasárselo a la misionera, Teresa le dio a la niña. ¡Más alejada de la verdad no podía estar esta pobre mujer! Basta tan solo recordar las propias palabras de nuestro amado Jesús cuando dijo: "Cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a Mí me recibe" (Mts.: 18:5).
Tendría cerca de tres años cuando Label llegó a Casa Emanuel. Una nueva historia empezaba a escribirse para ella. Cada día en adelante fue rodeada de brazos de amor que la bañaban, la vestían, la abrazaban, la alimentaban, y por primera vez ella escucharía frases de afecto y experimentaría el calor de una madre, de verdaderas tías y tíos, de hermanos, de una familia.
Las convulsiones disminuyeron casi por completo, sería quizás porque ya Label no era más el objeto sexual de un adulto, presuntamente su abuelo materno, tal y como se supo después. Poco a poco su mirada de temor y tristeza cambió por el brillo de unos ojos vivaces, y un día de tantos ella comenzó a reír. Desde entonces no ha dejado de hacerlo. Su familia de sangre no podía creer en la transformación operada. Algunos vinieron a verla y tuvieron que reconocer que el Dios nuestro es mucho más poderoso que el "espíritu de guarda" de los pepeles .
Hoy, esta pequeña ya no lo es tanto: cuenta con 10 años de edad y aunque tiene cierta discapacidad mental, ella camina, juega, canta y pelea al igual que sus otros hermanos aquí en Casa Emanuel, donde sin duda alguna, Dios está con nosotros . |